¿Una teología del fracaso?

All of old. Nothing else ever. Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better.
[“Todo lo de antes. Nada más nunca. Siempre intentando. Siempre fracasando. No importa. Intentar de nuevo. Fracasar de nuevo. Fracasar mejor”.]
Samuel Beckett, “Worstword Ho”

Desde hace un tiempo vengo pensando en torno (y pensar es “girar” de algún modo, dar vueltas) la idea de la iglesia como intento de comunidad o como la comunidad del intento(1) . El mantenerse en la “intención” (o el tender hacia o estar en-tendencia) de la iglesia implicaría la imposibilidad de “obtenerla”, de lograr asir definitivamente aquello hacia lo cual se tiende. De alguna manera se trata de un estar siempre en tensión (en este caso “tensión”, aunque suena parecido, no tiene relación alguna con intención: “parecido no es lo mismo, caballero”), de no descansar porque la tarea es infinita… Claro, no nos gusta la incertidumbre de la búsqueda, nosotros también nos hemos aliviado con la mujer, con el pastor y con el padre: buscar, se trate de monedas, ovejas o hijos, incluso cuando uno podría apoyarse en la tranquilidad de las noventa y nueve o de los mayores, nunca nos es grato. Así las cosas no pasa demasiado tiempo hasta que sometemos nuestra búsqueda —y por tanto nuestra angustia— al arbitraje de los resultados y salimos del estado de peregrinos, de los que buscan sin pausa, de los que no tienen dónde reposar la cabeza, para pasar a descansar, mal o bien.

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Pasó ya mucho tiempo desde la última vez… aquí estamos.

Sí, otra vez lo mismo, mucho tiempo sin aparecer. Sé que la razón suele ser “falta de tiempo”, pero también sé que tiempo para escribir hay, lo que a veces falta es la voluntad de exponerse, de mostrarse con ciertos estados de ánimo, de dar señales de estar de un cierto modo. Es justamente eso lo que motiva la escritura o la retiene, lo que desea salir o quedarse, si es que hay algún lugar ahí fuera o aquí dentro. Hace ya mucho que no escribo, pero no porque no quiera o porque no tenga nada para decir, simplemente porque escribir es un esfuerzo y el ánimo no siempre acompaña.

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Un anochecer… a tres cuadras de la casa

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El anochecer desde casa… increíble gama de colores.
Hace mucho que no escribo, y mucho menos que les cuento cómo van las cosas. No sé muy bien por dónde empezar, tal vez ese sea el problema, y al quedarme con la pregunta sobre la dirección y el recorrido, el movimiento me ubica ya en otro lado, por lo que los cálculos, una vez hechos, vuelven a quedar desactualizados. No, no me voy a preocupar por lo que diga o deje de decir. En todo caso, todo decir es también un omitir, es la condición del decir mismo, del sentido para que sea posible. Intentaré tan sólo contar, de manera fragmentada, cómo van las cosas aquí y allí, entonces, ahora.
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Hace frío, mucho más al anochecer… a un par de cuadras de casa así se me vio hace dos días.

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Y el 12 cumplí años… no, no cumplí 12.

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Foto de hace un par de semanas… así es la sala de una de las bibliotecas de las que les hablé en un post anterior. Me encantó la vista, da gusto leer y trabajar con la compu….

Algunos llegamos hasta los setenta años, quizás alcancemos hasta los ochenta, si las fuerzas nos acompañan. (Salmos 90:10 )

Si pudiéramos contar los días que nos quedan, si supiéramos de antemano cuánto tiempo nos tocará vivir, ¿haríamos las cosas de otro modo? Tal vez… pero no lo sé, porque me está vedado saber cuándo llegará mi día. Es la tensión de vivir sin saber cuánto ni cuándo, de aceptar el presente sin eludir el pasado ni el futuro (lo que también ya somos en el modo del recuerdo y en el del “todavía-no” de las esperanzas, de las expectativas). Y sí, hace un poco más de una semana cumplí 35 años.

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Sobre la distancia

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Desde el tren, mientras “miro” la distancia (y el horizonte es siempre la conciencia de la distancia que permanece, la que siempre dista, la distancia misma; aquello que nunca es plenamente presencia porque está —estancia de la “dis-tancia, stare, “estar de pie”—, pero separado, alejado —el “dis” de la dis-tancia—) los recuerdo, y en el recuerdo los evoco. Sí, el horizonte y el mar como escenario me vuelven consciente, mientras me acerco a otro destino, de la distancia que al tiempo que me separa me une: es justamente por ella que están lejos, pero es por ella también que sé que están (en algún lado), y que por tanto estamos de alguna manera unidos… unidos por la distancia misma, por la disyunción de tiempos y lugares.

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Fotos desde el tren y el coche camino a BCN

Acá les dejo el enlace a una serie de fotos sacadas en el camino que va bordeando la costa desde nuestra localidad y hasta la entrada a Barcelona por el sur. En algún momento espero poder subir un video a YouTube y mostrar en movimiento algunos de estos paisajes… créanme, es un placer hacer el viaje…
Por otro lado, y como segunda presentación fotográfica, les dejo unas que saqué

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Uf… ¡cuántas cosas! Pero estoy atrasado contándolas…

A dos semanas de mi llegada a Catalunya, es hora de tomarme un ratito y escribirles unas líneas. Mientras viajo en el tren desde el centro de Barcelona a Segur de Calafell (la línea de Cercanías de Renfe permite más que una mirada al mar desde la ventanilla… si no me creen miren las fotos abajo) los imagino y desearía poder reunirlos y charlar un rato, recordar y al mismo tiempo soñar, reír y, si hace falta, llorar. No, no es que no hubiera querido escribirles antes, es simplemente la vida que con sus urgencias y quehaceres nos ubica siempre “aquí” y “ahora”. Sí, hay veces en las que somos capaces de “viajar” más allá de las coordenadas en las que nos encontramos inmediatamente, pero también hay épocas en las que se hace necesario ubicarse allí (o “aquí”) y entonces (“ahora”).
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Ahí estoy, en el tren, escribiendo el comienzo de esta entrada… el resto lo terminé dos semanas después, pero esa es otra historia.

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Desde Barcelona, una vez más, volver a empezar.

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Vista del anochecer desde la casa.
Podría comenzar este post con la pregunta “¿se puede comenzar de nuevo dos veces?”. Como parece ser obvio —aunque sabemos que nada es realmente obvio sino lo que se pone delante para ver, y eso depende de quién es el que mira y de qué se constituye como lo mirado—, se puede empezar de nuevo tantas veces como se quiera, aunque el secreto esté en ese “de nuevo”. Y tal vez ahora pueda reformular la pregunta y hacerla de este modo: “¿estoy realmente empezando de nuevo?”. Aquí ya no estoy tan seguro. Este regreso a Barcelona está íntimamente ligado a mi último viaje, el de hace dos meses: las razones son las mismas —o casi— y no mucho cambió; en un sentido es una continuidad con aquél.

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